“Pensar” el infinito es quizá uno de los temas más abordados en la historia de los mitos humanos, la espiral interminable de las transformaciones dadas por la rarefacción y condensación, o bien, los cambios generados por el fuego y el viento (calor y frío). Anaxímenes, en su tiempo pensaba que el aire se transformaba en todas las cosas a partir de esta oscilación de dilatarse y aglomerarse: expansión e implosión.
Sin embargo, pensar el aire como semejante al vacío es quizá un absurdo. En su parte más nimia está acaso compuesto por partículas, tales que entran y salen de nuestros pulmones a través de la respiración: proceso que genera el aliento, nube breve, condensación minúscula creada por el calor interno. El aire en sí mismo lleva la insignia de la ‘transportación’, no por nada distintas mitologías remiten a que la deidad que reside en el viento viaja transmitiendo mensajes a través de la luz y del sonido.
Mercurio, el mensajero de los dioses, encontró su consonante en la voz de Hermes Trismegisto, personaje asociado al dios Thot en la mitología egipcia (“El despierto”) deidad y mago que le obsequia el lenguaje a los hombres y en cuya enunciación se creó el mundo. En la búsqueda del estado clarificado, los alquimistas –y luego personajes como Paracelso— escribían que “El cuerpo así formado se nutre con ‘mercurio’. El ave desciende al cuerpo, lo que significa que la parte volátil se ha fijado: se ha hecho ‘no volátil’. La piedra revive de nuevo: La piedra roja aparece en su perfección. El árbol del sol se ve con su fruto dorado…”.
Imposible no asociar este aspecto con el poder creador del verbo de Thot, dios mercurial (asimismo puede hacerse referencia al mito del Golem, nacido de la enunciación del nombre de dios por Rabbi Judah Loew, el Maharal de Praga). Acaso la palabra que vibramos al ser ejecutada obtiene una densidad y un peso (el aire se transforma en todo lo existente), no por nada en inglés la palabra “spelling” (deletrear-verbalizar) denota inmediatamente a su homónima variante de “Spell”, el hechizo, “el verbo encarnado”.
Matthew Rampley, en su texto “La cultura visual en la época poscolonial”, hace referencia al claro pensamiento de Walter Benjamin respecto a la producción artística como un acto ‘al servicio de la magia’. De modo que desde que el hombre registraba el proceso de caza o los fenómenos naturales en las cuevas, era un ejercicio que buscaba el auspicio de las deidades, simplemente para que el espíritu o dios cayera en cuenta de que el hombre observaba el cielo y le buscaba, añorando la providencia de lo inexplicable.
El acceso a lo sobrenatural era posible a través del puente terrenal que ejercía el oficio del chamán o del sacerdote entre dios y los mortales. La tradición de la magia (conexión con lo inexplicable) se abrió camino en el tiempo a través de la creación artística puesta al servicio de dios. Siendo el punto de encuentro la misma incomprensión de lo inaccesible: la instauración de una expectativa o separación entre el que mira la obra y la obra en sí.
Tal suerte de hallazgo portentoso e ‘incomprensible’ se inscribe en los objetos presentados por Alberto Viloria en All the clouds are in bed: toda condensación del pensamiento a través de la palabra se crea en el espacio más íntimo (el mundo interno jamás asequible para el otro). ¿Qué sucede con el encuentro de estos objetos que hacen referencia a ciertas inquietudes metafísicas, que responden a una herencia simbólica tan antigua como nuestro código genético?
Cuando estos aspectos simbólicos se vuelven tan indiferenciados, se ‘totemizan’ (un hombre apuntando con un palo de madera hace clara referencia al ‘conocimiento ancestral’ de la varita mágica). Viloria retoma este principio del aire comunicante —y creador de múltiples posibilidades— abriendo su percepción hacia los mensajes de lo ‘divino’, que a la vez se definen por su estandarización en la conciencia colectiva y por la hibridación cultural hiperbolizada a través de los mass media.
De modo que una canción, una imagen, un árbol adquieren otro significado a través de su totemización, “speak to me in the language I can hear” (“háblame en el idioma que puedo escuchar) exige el artista a los astros y al espectador, a su vez buscando la curiosidad visual del otro por medio de estos mensajes ‘sustraídos’ de la cultura popular, creando el espacio para una eterna duda respecto a la intención de sus imágenes “Mysteries not ready to reveal” (“Los misterios no están listos para ser develados”).
La invitación que All The Clouds Are in Bed extiende es la de enfrentarse a la materialización del pensamiento ‘condensado’ del artista y dejarse ir a través de la lejanía que en apariencia sus piezas muestran, deletrear la función misma del arte a través de este trance que se repite a través del tiempo: La fascinación por lo desconocido.
